Columna de Sylvia Eyzaguirre: ¿A quién le importa cómo está pelado el chancho? 

¿Cree usted que es ético sacarle el 20% de los ingresos a las familias más vulnerables del país para luego malgastar ese dinero, ya sea en programas mal evaluados o de frentón en programas que no son otra cosa que favores políticos para satisfacer el clientelismo? La respuesta para nosotros los ciudadanos es evidente, pero lamentablemente no lo es para los parlamentarios. En momentos críticos como los que vivimos, donde más que nunca se requiere del Estado para apoyar a las cientos de miles de familias que se han visto afectadas por la recesión económica y un Estado que ha visto reducido sus ingresos en cerca de 20%, algunos parlamentarios ya han levantado sus voces para defender a raja tabla programas pésimamente mal evaluados, que además impactan negativamente en la cohesión social. Algunos han defendido mantener estos programas porque dan trabajo, pero ¿cuántos más trabajos podría generar este dinero si lo gastáramos mejor? ¿Cuántas más personas se verían beneficiadas si usáramos estos recursos en quienes más los necesitan?

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Reconstrucción a los días clave en el Minsal – La Tercera

Los ilícitos que pesquisa el Ministerio Público, según los escritos que ha presentado, el que prima es un eventual cuasidelito de homicidio.Las reglamentaciones infringidas, principalmente, tendrían que ver con aquellas de “preparación y respuesta a la pandemia de la influenza AH1N1 de la OMS” que se hizo luego aplicable al Covid. En este plan, obligatorio para los países que suscribieron el reglamento sanitario internacional, los Estados -entre ellos Chile- se comprometieron a actuar de una forma determinada, obligando incluso a la transparencia de entrega de datos e involucramiento de la comunidad científica.

El avance del caso, como suele suceder en este tipo de investigaciones, dependerá de los hallazgos y testimonios que se entreguen al Ministerio Público. Lo principal, dicen fuentes consultadas, es si se encuentran evidencias de que Mañalich ocultó o falseo información, ya que la mala implementación de una política pública no es delito. “Tampoco la soberbia”, dicen otros de los consultados. Todo está en manos ahora de la Corte Suprema que decidirá si la Fiscalía podrá o no acceder a los correos que grafican los meses más duros de la pandemia al interior del gobierno.

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Columna de Óscar Contardo: La realidad según Pablo

 

Pablo Longueira ha vuelto porque quiere “licuar el plebiscito” sumándose al Apruebo y lograr así que la derecha vaya unida a la convención constitucional. Nada descabellado. En esas condiciones, las matemáticas electorales le asegurarían una representación que no lograrían de otro modo, una presencia que les ayudaría a conservar el espíritu de la Constitución del 80, sólo que ahora refrendada por la democracia. Un cálculo al que se le suma otra variable: una oposición dividida y vuelta a dividir en donde lo

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Columna de Ascanio Cavallo: Lavín y Longueira

 

Ah, Pablo Longueira, de nuevo. Este es uno de los pocos políticos chilenos -sobran los dedos para contarlos- que tienen la capacidad de sacudir el debate público con unas cuantas palabras. Sabe cómo hacerlo: dibuja un futuro, imagina a los personajes y echa a andar una trama en varios actos. Arma un relato, o acaso un psicodrama. También sabe que a cuanto diga le seguirá una tormenta de ataques políticos, personales, históricos y (esta vez) penales. No sólo los puede soportar, sino que los integra al psicodrama: los ataques confirman la trama.

Durante toda una semana, la política ha girado en torno a su tesis de que la derecha debe impedir que el triunfo del Apruebo en el plebiscito constitucional signifique el derrocamiento del gobierno de Piñera. Eso, dice, es lo que planea la izquierda. No pierde tiempo con el matiz. No dice ultraizquierda, antisistémicos, polos revolucionarios. Simplemente, la izquierda.

 

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A favor de las listas negras

Javier Cercas

Pues sí: soy un gran entusiasta de las listas negras. Lo soy desde que, en compañía de mis dos mejores amigos, consagré gran parte de mi infancia y adolescencia a elaborar una de ellas. Recuerdo que la lista incluía la práctica totalidad de los profesores del colegio de los Maristas y la nómina íntegra de los hermanos, así como al fundador de la orden, beato Marcelino Champagnat (a título póstumo), y a la Santísima Trinidad (a título honorífico). También figuraban allí todos los tipos guapos y con moto que volvían locas a las chicas guapas, todos los políticos de la Transición, con Adolfo Suárez a la cabeza, todos los idiotas que imitaban a Bruce Lee y a John Travolta (no así las imitadoras de Olivia Newton John, que nos provocaban un entusiasmo babeante), el escritor o gurú T. Lobsang Rampa, los filósofos Karl Jaspers, Sören Kierkegaard y Duns Scoto (también conocido entre nosotros como Duns Scroto por culpa de Guillermo Cabrera Infante), Walt Disney y Bambi, Heidi y su abuelito, Julio Iglesias y Gwendoline, los Mensajeros de la Paz, todos los integrantes de Viva la Gente y la entrañable canción del mismo título, el quinteto melódico Mocedades, todos los personajes de la serie La casa de la pradera(también los actores que los interpretaban) y un largo etcétera de personas dignas del máximo respeto y consideración por quienes sentíamos una inquina feroz. Es imposible enumerar los beneficios que nos deparó, a aquel trío de descerebrados, la confección de esa lista de enemigos a muerte, ingente tarea en la cual invertimos horas y horas de doctas disquisiciones virtualmente ininteligibles; baste decir que abrigo la certeza de que, de no haber mediado ese asiduo ejercicio de odio sin límites, ahora mismo no seríamos lo que somos —tres hombres de bien, padres de familia abnegados y ciudadanos respetuosos de la ley—, sino aquello que a todas luces estábamos destinados a ser: una banda de atracadores a mano armada.

Por desgracia, pasada mi adolescencia las listas negras entraron en franca decadencia, yo al menos no volví a saber de ellas. Una de las innumerables bendiciones que nos ha deparado a los catalanes el procés, sin embargo, ha sido su retorno. Yo figuro en todas. Eso es siempre un motivo de satisfacción, claro está, pero lo que no podía imaginar es lo que ocurrió cuando me mandaron la última. Y es que allí estaba yo, como siempre en el pelotón de cabeza, pero esta vez vi, justo al lado de mi nombre, el de Joan Manuel Serrat. Caí de hinojos al suelo, como fulminado por un rayo, crucé los dedos de las manos y las alcé al cielo. “Gracias, Dios mío”, clamé. “Gracias por colocarme junto al Noi del Poble Sec. Es lo mejor que me ha pasado en la vida desde que un día vi a lo lejos, fugazmente, a Ringo Starr. Gracias, amigos secesionistas: a cambio de este privilegio, yo no hubiera vacilado un segundo en entregar mi madre a una mafia albanokosovar consagrada a la trata de blancas, y aquí lo tengo, gratis et amore. Ya puedo morir tranquilo”. Luego, tras enjuagarme unas lágrimas de gratitud, leí la lista entera. No era muy nutrida. La encabezaba Miquel Iceta y constaba sobre todo de gente que se gana la vida con la política: políticos y periodistas; en cuanto a los que no se la ganan con ella, sino que la pierden (o sea, eso que antes se llamaba intelectuales), eran los siguientes. Un cantante: el susodicho Noi. Una cineasta: Isabel Coixet. Una actriz: la difunta Rosa Maria Sardà. Un profesor universitario: Francesc Trillas. Y un plumífero: este servidor de ustedes. Ni uno más. En ese momento comprendí por qué, cada vez que alguien me llama intelectual, me entran ganas de fracturarle la nariz de un cabezazo marsellés.

En suma: dados los miríficos beneficios que procuran las listas negras a la ciudadanía, debería estimularse su existencia. En Cataluña, en particular, podría destinarse parte del fondo de reconstrucción de la UE a subvencionarlas. “¿Te crees que no están ya subvencionadas, pedazo de idiota?”, oigo que me dice una vocecita. Bueno, pues a subvencionarlas más. Urge fomentar la concordia. Se nota, se siente: vamos por buen camino.

Origen: Columna: A favor de las listas negras | EL PAÍS Semanal

Columna de Paula Escobar: Ambar 

La filósofa norteamericana Martha Nussbaum ha reflexionado con lucidez sobre la materia. La rabia sirve para perseguir el cambio y la justicia, pero debe ser contenida y encauzada.

“La rabia pública contiene no solo la protesta frente a lo que está mal, una reacción que es saludable para la democracia cuando la protesta está bien basada, pero también posee un ardiente deseo de venganza, como si el sufrimiento de otro pudiera resolver los problemas del grupo o de la nación”, escribe en su libro La monarquía del miedo. Y analizando en su libro la famosa tragedia griega de Esquilo, la Orestíada, dice que “un orden legal democrático no puede solo poner una caja alrededor de la venganza; debe fundamentalmente transformarla de ser algo difícilmente humano, obsesivo, sediento de sangre, hacia algo humano, que acepta razones, algo que proteja la vida en vez de amenazarla”.

Origen: Columna de Paula Escobar: Ambar – La Tercera

Columna de Daniel Matamala: Chile en llamas 

El economista Luigi Zingales ha demostrado cómo la relación con el poder económico condiciona las conclusiones de sus colegas. Por ejemplo, en Estados Unidos, los economistas que son miembros de un directorio empresarial o de una escuela de negocios, son cuatro veces más favorables al pago de altas compensaciones a ejecutivos de las empresas, comparados con los que no pertenecen a ellas.

Estos sesgos rara vez son explicitados. En el debate del impuesto a los súper ricos, los medios publicamos las opiniones “técnicas” de tributaristas, sin advertir que muchos de ellos trabajan precisamente para esos millonarios ayudándolos a pagar menos impuestos.

Esto es aun más evidente cuando los “técnicos” son lobistas o miembros de think tanks financiados por los afectados por una legislación. Es el caso de Libertad y Desarrollo (LyD), que interviene en el debate mientras mantiene en secreto a sus financistas. Cada vez que investigaciones levantan ese velo, resulta que LyD defendía los intereses de sus mecenas. BAT Chile, que domina el 94% del mercado de los cigarrillos, financió a LyD mientras el instituto lideraba la batalla contra el proyecto que prohibía fumar en lugares cerrados, diciendo que impone “un estado policial”.

Origen: Columna de Daniel Matamala: Chile en llamas – La Tercera

Científicos acusan que Gobierno “usa la ciencia para para justificar acciones políticas que han tenido efectos trágicos para la población”

Un grupo independiente e interdisciplinario de investigadores, investigadoras y representantes de sociedades médicas y científicas, denominados «los/as 40 de la Carta», dedicados a aportar en el manejo de la pandemia de COVID-19 en Chile, salió al paso de la Cuenta Pública del Presidente Sebastián Piñera.

Según la comunidad científica, el Mandatario utilizó una fotografía fuera de contexto para respaldar el desarrollo del plan «Paso a Paso» del Gobierno y que, además, fue compartida sin consentimiento. La foto muestra una reunión en la que participaron algunos de los investigadores pero que, de acuerdo a los firmantes, ni siquiera tuvo respuesta de la cartera de Salud e incluso se habló de que la estrategia del Ejecutivo no era la mejor opción para el desconfinamiento.

Origen: Científicos acusan que Gobierno “usa la ciencia para para justificar acciones políticas que han tenido efectos trágicos para la población” – El Mostrador

Columna de Daniel Matamala: Las uvas de la ira

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Una ola de pesado fatalismo recorre la clase dirigente. Columnas en diarios como este, cartas al director, entrevistas y opiniones de los think tank favoritos del poder económico repiten una y otra vez los mismos conceptos: “se jodió Chile”, “la democracia en jaque”, “barbarie”, “volvemos a la mediocridad”. ¿Es así de negro el futuro?

Los que pintan este escenario fatalista son los mismos que, hasta el 17 de octubre pasado, repetían el mantra de Chile como “el oasis de América Latina”. El país era próspero y la gente estaba dedicada al feliz consumo. Apenas había naturales dolores del crecimiento, un difuso “malestar de la modernidad”. Los aguafiestas que hablaban del hastío social, la rabia acumulada contra la élite y el temor de la clase media no eran más que “odiosos” y “resentidos”.

Origen: Columna de Daniel Matamala: Las uvas de la ira – La Tercera