Columna de Daniel Matamala: Sincera distancia social

 

Por eso pregonar la “distancia social” en Chile, refiriéndose en realidad a la distancia física para evitar los contagios, tiene una doble lectura triste. Porque, en la crisis de 2020 como en el centenario de 1910, seguimos siendo expertos en otra distancia social. En esa que nos permite vivir sin enterarnos siquiera de lo que ocurre en las otras burbujas que confinan a los estamentos de nuestra sociedad.

Esta distancia -este abismo- social intersecta con el sesgo de confirmación de autoridades que solo parecen tener oídos para cifras positivas y analistas complacientes. El ministro Mañalich, en su otra frase para el bronce de esta semana, admitió que “todos los ejercicios epidemiológicos, las fórmulas de proyección con las que yo me seduje en enero se han derrumbado como castillo de naipes”. Pero las proyecciones de entidades como Espacio Público, de científicos y epidemiólogos no se han derrumbado en absoluto. Siguen de pie, apuntando que la curva no se había aplanado, no estábamos en una meseta, y el aumento de casos no se explicaba por la cantidad de exámenes. No éramos líderes ni ejemplos mundiales. Éramos -somos- sólo otro país luchando, con aciertos y errores, una batalla en la que no hay certezas.

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Director del Centro de Bioética UC y la «última cama»: «Lo que el médico hace no es salvar la vida a uno para dejar morir al otro» 

El filósofo Luca Valera —doctor en Bioética y Filosofía por la Università Campus Bio-Medico di Roma, pero radicado en la U. Católica de Chile desde 2015— miró con atención lo que estaba sucediendo en Italia, su tierra natal, cuando la tragedia que provocaba el covid-19 todavía no golpeaba a Chile. A la cabeza del Centro de Bioética UC, el documento que emigró de una sociedad de medicina italiana y recomendaba priorizar la atención para pacientes menores de 70 años le chocó.

Fuente: Emol.com – https://www.emol.com/noticias/Nacional/2020/05/31/987644/Bioetica-ultima-cama-dejar-morir.html

Origen: Director del Centro de Bioética UC y la «última cama»: «Lo que el médico hace no es salvar la vida a uno para dejar morir al otro» | Emol.com

Las razones del desastre

«La anomia que viene desde octubre, las torpezas comunicacionales del Gobierno y la salida a la calle para huir del hambre son las más obvias causas de lo que ha ocurrido. Todo esto, claro, hasta que los programas de televisión encuentren una explicación sencilla y fácil».

Salvar los problemas

 

Agustín Squella

Karl Popper, el gran filósofo liberal que intentó sin éxito convencer a Hayek que invitara a algunos socialistas a la reunión en los alpes suizos de la que surgió la neoliberal Sociedad Mont Pelerin (a Popper le gustaba más el debate de ideas que la cerrazón sobre las propias), estaba convencido de que todos somos filósofos y no únicamente aquellos que han hecho estudios de filosofía y la cultivan, enseñan o divulgan de alguna manera.

Todos seríamos filósofos porque todos nos hacemos preguntas filosóficas: cuál es el objetivo de la vida humana sobre la tierra, qué sentido tiene nuestra existencia y la de los demás, es la justicia social una meta deseable o se trata solo de un espejismo, debemos o no comportarnos fraternalmente unos con otros, etc. Es por eso que en algunos espacios del diario, incluido aquel en el que se expresan los lectores, es frecuente encontrar auténticas reflexiones y planteamientos filosóficos, especialmente en los tiempos actuales. El sentido de la vida y el de nuestras existencias individuales, sin ir más lejos, ha sido un tema recurrente con motivo de la pandemia que estamos pasando, y si pongo “pasando” y no “viviendo” es para introducir una leve nota de optimismo y sugerir que la pandemia también pasará, salvo que ahora, equivocadamente, sigamos hablando de “pandemia económica” y de “pandemia social”.

Pandemia es una enfermedad extendida por el planeta (en eso estamos), y está produciendo graves efectos sanitarios, económicos, sociales y hasta políticos (el plebiscito tuvo que ser diferido), pero no se debería utilizar la misma palabra —“pandemia”— para la causa (la enfermedad) que para los efectos que ella ha producido. No hay “pandemia sanitaria” ni tampoco “económica” ni “social”, sino crisis sanitaria, económica y social. ¿Cuestión de palabras? En efecto, pero las palabras importan, puesto que pensamos y nos comunicamos con ellas, y hasta construimos realidades a partir de ellas. Decretar “pandemia” para los efectos del covid-19 sería una manera de prolongar la pandemia por tiempo indefinido, dado que los efectos sanitarios, económicos y sociales se extenderán largamente después de terminada la enfermedad.

El filósofo Daniel Innerarity, invitado a la tribuna ahora online de Puerto de Ideas, sostiene que no se hace filosofía para resolver problemas, sino para salvar los problemas, esto es, para no olvidarnos de ellos, para no pasar de largo, para no tener la actitud superficial y complaciente de aquellos que creen que los grandes problemas no existen o son solo un inútil quebradero de cabeza, y para alejarse también de ese conservadurismo algo cínico que llama a pensar con los pies en la tierra, o sea, sin ilusiones ni esperanzas, sin deseos tampoco, sin propósitos de mejorar el estado de las cosas.

Salvar los problemas: he ahí el cometido de la filosofía. Salvarlos y hablar acerca de ellos, como si la humanidad y su historia no fueran más que una larga e ininterrumpida conversación junto a la hoguera. Una conversación en la que caben todos y de la que no podemos esperar el hallazgo de alguna verdad absoluta y perenne, y en la que, por el contrario, de lo que se trata es de encarar problemas contingentes a medida que se van presentando y cuyas soluciones de hoy podrían producir mañana nuevos problemas. En esa conversación de la humanidad, sostuvo Richard Rorty, a los filósofos no les cabe tomar la batuta, sino animar la plática y llevar leños a la hoguera para que el fuego no decaiga ni los que conversan sientan frío y abandonen el lugar.

Fernando Savater, colega de Innerarity, aporta lo suyo: no hacemos filosofía para salir de dudas —dice—, sino para entrar en ellas. Y ahora, que estamos con muchos problemas, todo aconseja no desconocerlos y tampoco separarlos de los que traíamos como país antes de la pandemia ni menos negar nuestros antiguos problemas económicos, sociales y constitucionales solo porque se han vuelto más graves. Esa mayor gravedad de hoy debería hacer pensar a quienes sostenían que ayer vivíamos en el mejor de los mundos. ¿Ha sido necesaria una pandemia para darnos cuenta de los muchísimos compatriotas que vivían largo tiempo en muy precarias condiciones materiales de existencia?

Algo en que creer

Martes 26 de mayo de 2020

Algo en que creer

«Un acuerdo nacional no puede esperar a la pospandemia. Se requiere ahora para robustecer la legitimidad del Estado».

Columna de Daniel Matamala: … pero no todavía – La Tercera

Los mismos que hasta la semana pasada se negaban rotundamente a limitar la repartición de utilidades entre los dueños de las empresas que dejaran de pagar sueldos a sus trabajadores, terminaron votando a favor de esa norma. Lo que en las sombras era imposible e inconstitucional, a la luz del escándalo Cencosud se volvió súbitamente posible y legal.

El directorio del holding -con la flamante inclusión del ex ministro de Hacienda Felipe Larraín- echó pie atrás y anunció que pagará los sueldos a los trabajadores suspendidos. Así ratificó lo que era obvio desde el principio: que sí podía pagar los salarios, y que había intentado aprovechar una ley de emergencia para ahorrar costos con cargo al Fisco y al bolsillo de sus trabajadores.

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Columna de Óscar Contardo: La nueva pobreza, la vieja miseria 

Encuesta Casen 2017 devela baja en la pobreza

Durante la transición, la pobreza se transformó tanto, que muchos la dieron por desaparecida o, al menos, en vías de extinción. Basta ver las alternativas que existían para describir las viviendas en los censos del siglo XX para darse cuenta del modo en que ese paisaje fue tomando una dirección hacia una prosperidad material tan concreta como contar con alcantarillado y electricidad. El acceso al consumo trastocó el aspecto ancestral de la miseria en Chile y los signos con los que se asociaba hasta la década de los 80: desnutrición, enfermedades infecciosas y la dura vida de los campamentos. Ese mundo y esas referencias cambiaron, en adelante habría mejores condiciones sanitarias, alimentación barata, crédito de consumo y, eventualmente, un techo propio en viviendas minúsculas, que de cualquier modo representaban una mejoría respecto de las chozas de tablas y cartones habituales en décadas anteriores. La escenografía era distinta, pero había sido dispuesta en los extramuros, como quien oculta lo que considera indeseable, pero al mismo tiempo necesario, a una distancia tal que quede fuera de cuadro.

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Alfredo Jocelyn-Holt: ¿Normalidad?

Se exceden las autoridades, no solo en Chile, en todo el mundo, cuando les da por decretar “retornos seguros” o “nuevas normalidades”. Si nos ajustamos a acepciones psicológicas de normalidad, porque las hay también legales y políticas, estamos lejos de hallarnos en la actualidad “libres de enfermedad, desorden mental, retardo mental u otra disfunción psicológica” (cito un diccionario de la especialidad). Si es más, ¿a qué norma y tiempos previos hemos de remontarnos para reencontrar algún grado de sosiego

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Columna de Ascanio Cavallo: Una dosis de falibilismo

Y tal vez también haya que mirar hacia adentro. La medicina, la filosofía de las ciencias, hasta la semiótica, se fundan en el falibilismo, la doctrina según la cual el conocimiento humano nunca es absoluto. Creo firmemente en una hipótesis, pero admito que puede ser cierta la tuya; y también es posible que ambos estemos equivocados. Este humilde razonamiento de Charles Sanders Peirce revolucionó el pensamiento científico en el siglo XIX y en el XX Karl Popper le asignó un imperativo ético para las ciencias sociales… y la política. Nunca se habrá necesitado más sentido del falibilismo que hoy, nunca han estado más de sobra los razonamientos cerriles y los dueños de la verdad.

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