Días negros en la Francia de Vichy

1427728456_013058_1427729889_noticia_grandeDos episodios históricos siguen dando forma a la imagen que los franceses tienen de sí mismos: la Revolución de 1789 y la liberación posterior a la ocupación nazi en 1944. Pero no todos sus antepasados fueron aguerridos sans-culottes y, aún menos, héroes clandestinos de la Resistencia. Quienes se situaban en el bando contrario fueron eliminados durante décadas de la memoria colectiva, con la vana esperanza de hacer desaparecer ese incómodo recuerdo, hasta que la verdad histórica terminó por resurgir. En el marco del 70º aniversario de la Liberación, Francia ha decidido ceder tiempo y espacio para recordar a quienes colaboraron con el nazismo, a través de una exposición que cuenta con 300 documentos inéditos.

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¿Tenemos el deber moral de mejorarnos artificialmente?

Portada-del-libro-Humanos-o-po_54429190232_51348736062_224_270Albert Cortina Ramos (Barcelona, 1961) es abogado y urbanista (UAB y UPC). Es Director del Estudio DTUM. Máster en Estudios Regionales, Urbanos y Metropolitanos, asesora a gobiernos y a agentes privados en la planificación y la gestión de la ciudad, del territorio y del paisaje. Consultor en inteligencia ambiental, sostenibilidad y en hábitat urbano inteligente (smartcities). Es coautor del libro ¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano (Fragmenta Editorial) cuyos beneficios de autor han sido destinados a SOM Fundació Catalana Tutelar Aspanias que desarrolla su labor social en personas con discapacidad intelectual.

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Carla Guelfenbein gana el Alfaguara con ‘Contigo en la distancia’

La-escritora-chilena-Carla-Gue_54428451504_51351706917_600_226Madrid. (EFE/Ana Mendoza).- La vida de la escritora brasileña Clarice Lispector fue «la semilla» de la que nació la novela Contigo en la distancia, con la que la autora chilena Carla Guelfenbein ha ganado hoy por unanimidad el Premio Alfaguara. Una historia sobre «el talento, la mentira y la imposibilidad de los afectos».

Y una novela intimista sobre «las envidias entre escritores, ese sentimiento humano tan común y del que nadie quiere hablar. Ha sido un desafío hacerlo», afirmó hoy la ganadora en una entrevista telefónica con Efe, poco después de que el jurado le hubiera comunicado la noticia del premio.

El fallo de este premio, dotado con 175.000 dólares (unos 156.000 euros), se hizo público en Madrid, en un encuentro al que asistieron numerosos escritores, editores y periodistas.

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Umberto Eco: “Internet puede tomar el puesto del periodismo malo”

1427393303_512601_1427394237_noticia_normalUmberto Eco tiene a la entrada de su casa de Milán, antes de su desfiladero de libros, el periódico de su pueblo (Alessandria, en el Piamonte), que recibe diariamente. Cuando le pedimos fotos de su juventud se fue a un ordenador, que es el centro borgiano de su aleph particular, su despacho, y encontró las fotos que lo llevan al principio mismo de su vida, cuando era un crío de pañales. Todo lo hace con eficacia y buen humor, y rápidamente; lleva en la boca, casi siempre, el tabaco apagado con el que seguramente huye del tabaco. Tiene una inteligencia directa, no rehúye nada, ni hace circunloquios. Acostumbrado a pesar las palabras, las dice como si le vinieran dadas por un ejercicio intelectual que tiene su reflejo en los pasillos superpoblados de esta casa que se parece al paraíso de los libros.

Ya tiene 83 años; ha adelgazado, pues lleva una dieta que lo alejó del whisky (con el que a veces almorzaba) y de otros excesos, así que muestra el estómago achatado como una gloria conquistada en una batalla sin sangre. Es uno de los grandes filólogos del mundo; desde muy joven ganó notoriedad como tal, pero un día quiso demostrar que el movimiento narrativo se demuestra andando y publicó, con un éxito planetario, la novela El nombre de la rosa (1980), cuyo misterio, cultura e ironía asombraron al mundo.

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Esencia de mujer

mujer-pubis“El cuerpo femenino es infinitamente más rico en aceites, y por eso mismo más liviano, más raro, más genial y, en definitiva, más espiritual que el del hombre”. Esta es una idea del filósofo húngaro Béla Hamvas, que escribía libros y trabajaba de bibliotecario en Budapest hasta que el régimen lo condenó al ostracismo por escribir: en aquel mundo en donde la única perspectiva era la realista, él hacía una defensa del arte abstracto. Hamvas murió en 1968 y dejó un breve y luminoso tratado que se titula La filosofía del vino. Este filósofo vitalista, de espíritu solar, convierte al vino en la materia de sus reflexiones, y nos presenta el beber como una rama insoslayable del saber. Como se trata de un filósofo excéntrico, que prefiere los meandros reflexivos al pensamiento rectilíneo, muy pronto cae en la gran metáfora que ofrecen los aromas del vino para explorar en los olores que emanan del cuerpo de la mujer. Después de su fugaz teoría de los aceites, con la que comenzaron estas líneas, propone los tres lugares del cuerpo femenino donde se arremolinan los olores más inquietantes. Empieza por la boca, por los labios, pero no en la parte central, sino en las comisuras, que son “mucho más aromáticas”. Sigue con las corvas, esa zona generosa detrás de la rodilla, esa misteriosa bisagra que, según el filósofo, es el lugar “donde la mujer es más mujer”, quizá, y esto ya lo digo yo, por la cantidad de aceite corporal, de esencia femenina, que necesita el mecanismo de la rodilla. Pero la parte de la que emanan los aromas más exuberantes es el área interior del muslo, “a cuatro o cinco dedos de la rodilla”, la zona “más rica en aceites colmados de especias”, el lugar en el que se “despliega plenamente la esencia de una mujer”.

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¿Se puede enseñar a escribir?

1426009092_643948_1426161537_noticia_normalSabido es que el talento para cualquier actividad no puede ser enseñado, ni aprendido. Viene determinado por el pool genético. Tenerlo carece de mérito, es como ser alto, bajo, bien parecido o moreno, nada de lo cual uno pueda legítimamente vanagloriarse. El talento por sí solo no significa gran cosa si no está acompañado por aquella capacidad que lo hará brillar y prosperar: el trabajo. La contracción al trabajo, en cambio, no es parte del equipo original. Somos por naturaleza indolentes y tendemos a adoptar la línea del menor esfuerzo para todo. Esto es lo que sí puede y debe enseñarse y aprenderse: el trabajo. Dada una cuota de talento, escribir bien requiere de una gran inversión de tiempo y esfuerzo, para que el texto resulte fluido, dinámico, significativo.

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Dos visiones: ¿Incorrección política o un concepto equivocado de las razas?

La táctica del avestruz

Por José Manuel Sánchez Ron

1425483044_835431_1425483377_noticia_normalEl propósito de la ciencia es establecer sistemas con capacidad predictiva, para así “comprender” —un término este que habría que explicar— los fenómenos que se dan en la naturaleza. El objetivo supremo de la ciencia es identificar fenómenos y establecer leyes con validez universal (dejo aquí al margen a las denominadas “ciencias sociales”). Los humanos somos, por supuesto, compatibles con esas leyes (en concreto con las de la biología, química y física), pero en modo alguno un producto necesario de ellas: creo que es seguro que existe vida —agrupaciones de elementos químicos con capacidad de reproducirse— en otros lugares del universo, pero lo que ignoramos es si ha aparecido vida “inteligente” (en el sentido en que lo somos los humanos) en otros enclaves del cosmos, y si lo ha hecho es más que probable que se trate de un fenómeno muy raro. Con semejante conjunto de premisas, debería bastar para aceptar que la ciencia es independiente de los valores que ha producido y defiende esta rara especie terráquea que somos los humanos, aunque sea relevante cuando discutimos sobre ellos. Y entonces, la conclusión debería ser obvia: la ciencia no tiene por qué ser “políticamente correcta” —un valor éste, propio de los humanos—, simplemente debe buscar ser correcta, no importa que pueda descubrir cosas que nos resulten incómodas, incluso repugnantes. La política tiene que ver con la aplicación del conocimiento científico, no con sus contenidos.

 

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Nicholas Wade: “No soy racista”

El rechazo del pluralismo

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FERNANDO SAVATER

Empecemos por decir que todas las religiones son compatibles con los usos democráticos: sean cuales fueren sus creencias, basta con que acaten la ley civil. Lo incompatible con la democracia es considerar la religión no como un derecho de cada cual sino como un deber de todos y en todos los campos, sea la educación, el arte, el pensamiento, la indumentaria, etc… Pero parece que hay religiones más difícilmente democratizables que otras, sea por razones históricas (los herejes y los incrédulos no han logrado relativizar su absolutismo social) o estrictamente doctrinales: su ideal de vida se opone al individualismo racionalista de la ciudadanía democrática. Este parece ser el caso del Islam y ayuda a entender por qué países muy diferentes (Marruecos, Indonesia, Arabia Saudita, Mali, etc…) que no tienen en común mas que el Islam como religión mayoritaria, guardan una relación tan problemática u hostil con el sistema democrático. Por supuesto, no estamos hablando ahora de terrorismo ni aberraciones parecidas, sino de incompatibilidades estructurales y mentales.

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Nicholas Wade: “No soy racista”

1425576720_345829_1425668518_noticia_normalPara los amantes del jazz no hay discusión alguna sobre las diferencias entre razas: los negros son superiores. Sin embargo, más allá del mundo de Charlie Parker o John Coltrane, el tema no admite bromas. Es un asunto vetado. No se habla de razas, sino de poblaciones, y quien se atreve a decir otra cosa, o hurga en los avances sobre el genoma aplicados al comportamiento social, corre el riesgo de ser acusado de racista. En algunos casos, de forma merecida.

Nicholas Wade, escritor y divulgador científico británico de 72 años, ha metido el palo en el avispero con su libro Una herencia incómoda (Ariel). La reacción ha sido furibunda en las redes sociales y las universidades: 139 científicos, algunos de ellos citados por él en su libro, publicaron una carta en la que descalificaron su obra, que muchos críticos consideran peligrosa.

La tesis que sostiene Wade es que la evolución humana reciente ha dado como resultado las razas; que hay una influencia genética en el comportamiento social humano; que este componente genético evoluciona, y que leves diferencias evolutivas explican las diferencias en las instituciones sociales de las principales poblaciones. Esas instituciones sociales son, pues, una mezcla de genética y cultura.

 

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¿Incorrección política o un concepto equivocado de las razas?