Hace bien recordar a Pinochet

Durante los años de la dictadura, sobre la base de una represión terrorífica, con un control férreo de los medios de comunicación y del sistema educacional, se llevó a cabo un lavado de cerebro nacional. Al llegar la democracia, no se pudo hacer un contralavado de cerebro. Hay diversos mitos que, si bien han sido desmontados por la academia y los analistas, perduran en muchos sectores, como que el dictador salvó al país, que fue el arquitecto de nuestro desarrollo económico, que planeó la transición a la democracia. Aunque suenen tan familiares, estas reflexiones no se refieren a Augusto Pinochet sino a Francisco Franco, y pertenecen al británico Paul Preston, biógrafo del dictador español al cumplirse 40 años de su muerte el 20 de noviembre.

Origen: Hace bien recordar a Pinochet – El Mostrador

Ian McEwan: “La utopía es una de las nociones más destructivas”

Es cierto que siempre fui como un outsider de la cultura británica. También tuvo que ver en eso el haber ido a un internado público un tanto experimental. La idea, ahora pasada de moda, era convertir a chicos de clase obrera en chicos de clase media. Era muy estimulante esa sensación de ausencia de clases. Esa combinación me proporcionó un vago sentimiento de exilio, una cierta distancia cultural. De joven trabajé seis meses de basurero en Camden, subido detrás de un camión. Y me di cuenta de que, entre la gente con la que comía el bocadillo en los descansos, el rango de inteligencias era igual que si estuviera en la universidad. Había estúpidos y gente brillante. Me hizo comprender cómo la suerte y el accidente del nacimiento determinan lo que es de ti.

Origen: Ian McEwan: “La utopía es una de las nociones más destructivas” | Babelia | EL PAÍS

¿Arde París?

Lo que ocurre es que a los fanáticos, a esas personas que creen haber abrazado la verdad final de los asuntos humanos, a quienes les brillan en los ojos la fe, a esas personas que han logrado espantar todas las dudas, no hay nada que resulte más irritante y más hiriente, que la tranquila ascética de la razón y la generosidad de la tolerancia. Un Estado como el francés, que practica la neutralidad en sus espacios públicos como única forma de que la abstracción de la ley permita alcanzar la igualdad a los ciudadanos (y que por eso impide que se usen en los espacios públicos, como la escuela, los signos identitarios de la propia cultura o religión) es un enemigo mortal de quienes piensan que la neutralidad y la tolerancia no son una virtud, sino una forma encubierta de etnocentrismo europeo o de desprecio. Para esos creyentes no basta con que se les deje practicar su fe y vivir de acuerdo a sus creencias (algo que cualquier república democrática, como la francesa, permite): ellos aspiran a que los demás vivan o piensen como ellos creen se debe vivir o pensar. No actúan así porque estén oprimidos: lo hacen porque quieren oprimir a fin de imponer la única verdad en la que creen.

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Pablo Neruda: secretos de los archivos de la URSS

Pablo Neruda viajó por primera vez a la Unión Soviética en 1949. Sus posiciones políticas y su poesía eran difundidas en aquella nación desde 1937, cuando la revista Internatsionalnaia literatura incluyó un resumen del discurso que había pronunciado en febrero en París en memoria de su amigo Federico García Lorca. En 1939, Iliá Ehrenburg tradujo al ruso España en el corazón, su homenaje épico y lírico a la resistencia republicana, y ya en 1949, con el título de Stiji (Versos), apareció su primera antología en este idioma. Este libro comprendió, además, el artículo que firmó el 27 de noviembre de 1947 en el diario venezolano El Nacional para denunciar la deriva represiva del presidente chileno Gabriel González Videla y un capítulo introductorio de Ehrenburg, que sentó las bases del estudio de su poesía en los países socialistas.

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Muere el filósofo francés André Glucksmann a los 78 años | Cultura | EL PAÍS

El filósofo francés André Glucksmann, nacido hace 78 años en Boulogne-Billancourt, localidad adosada al oeste de París, ha fallecido la madrugada de este martes en la capital francesa. Termina así una vida consagrada a la reflexión sobre la moral en política y la naturaleza del mal, sobre el trasfondo constante de una actualidad internacional cargada de conflictos, en los que nunca dudó en implicarse. Glucksmann observaba el mundo a la luz de su reconocido pesimismo. Para él, un intelectual debía ser siempre “un profeta del desastre”, un visionario “capaz de vaticinar, en la propia semilla, la flor venenosa”.

Su irrupción en el paisaje intelectual se produjo a mediados de los setenta, cuando despuntó como integrante de los llamados nuevos filósofos, mediático grupo de jóvenes pensadores entre los que figuraban Bernard-Henri Lévy y Christian Jambet. Desilusionados con la aventura marxista y su deriva totalitaria, asaltaron los platós televisivos tomando el relevo de la brillante generación anterior, formada por Sartre, Aron o Foucault, de quienes Glucksmann fue discípulo. Como otros miembros de ese grupo de treintañeros, Glucksmann había militado en la Gauche Proletarienne, un grupo revolucionario de perfil maoísta que se autodisolvió en 1973. Solo permaneció un año en sus filas, pero lo consideró siempre “el mayor arrepentimiento” de su vida adulta. El filósofo rompió oficialmente con el marxismo al publicar el ensayo La cocinera y el devorador de hombres (1975), donde establecía un polémico paralelismo entre nazismo y comunismo.

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