El sueño de Maquiavelo 

Soy de izquierdas. Siempre lo fui y es probable que siempre lo sea, porque, por mucho que uno quiera, a los 53 años ya no se cambia. Más vale aceptar que no estoy de moda: hoy, si uno es joven, lo que mola es decir que izquierda y derecha no existen y, si uno es mayor, exhibir una de esas rutilantes biografías de saltimbanquis de nuestros ancianos y entrañables sesentayochistas, que han pasado del maoísmo o el anarquismo o el estalinismo de su impetuosa juventud al nacionalismo o la derechona de su vejez venerable. Lo cierto es que yo sigo creyendo en la utilidad de distinguir entre la izquierda y la derecha, como en la de distinguir entre norte y sur, y que, si algún día voto a la derecha, me saldrán ronchas por todas partes, incluido el culo. Dicho esto, añadiré que entiendo que un votante de izquierda confíe su voto, digamos, a IU o al PSOE; lo que no acabo de entender es que, a menos que lo haga con el legítimo propósito de brillar en sociedad, se lo confíe a Podemos.

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Foucault sigue cambiando el mundo

El 2 de marzo de 1954 se celebró un llamado carnaval de locos en el asilo de Münsterlingen, en la Suiza de habla alemana. Esta olvidada costumbre, que tiene sus raíces en la Edad Media, consistía en disfrazar con máscaras a los internos y pasearlos por la ciudad. Es algo que puede parecer inconcebible en la actualidad, pero que en los años cincuenta todavía perduraba en diferentes lugares de Europa. Sin embargo, aquel espectáculo cambiaría por completo la historia de la filosofía en Occidente por la profunda impresión que causó en un licenciado en Psicología que asistió invitado por los médicos. Se llamaba Michel Foucault (Poitiers, 1926 – París, 1984). Pese a que han pasado 30 años desde su muerte, su influencia sigue siendo enorme. Sus obras aparecieron en noviembre en la prestigiosa colección de Gallimard La Pléiade, considerada el panteón de la literatura universal, mientras que una minuciosa investigación titulada Foucault à Münsterlingen, publicada por las ediciones de L’École des Hautes Études en Sciences Sociales, revela los orígenes de una de sus obras más importantes y citadas, Historia de la locura en la era clásica.

Desde la izquierda, Ronald Kuhn, Michel Foucault y Georges Verdeaux. / JACQUELINE VERDEAUX

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Michel Foucault en tiempos violentos

Michel Foucault muere en el hospital parisino de la Salpetrière. Estamos en 1984 y los primeros indicios sobre su fallecimiento son dudosos, más tarde se confirmará que ha muerto de una enfermedad hasta entonces poco conocida, el Sida.Militante, agitador de masas, vive hasta entonces bajo la máxima de que no basta con pensar, hay que pasar a la acción, y él, como filósofo, lo hace convertido en esa “caja de herramientas” de la que hablaba Deleuze, dispuesto a apoyar los movimientos de rebelión que se sublevan contra la maquinaria estatal que asfixia al individuo.Foucault, cuyos trabajos esenciales reedita ahora la Biblioteca canónica de la Pléiade, se va a instalar en el centro de un debate filosófico por la libertad, el cuerpo y la persona. O el cuerpo y el deseo. Este debate se desarrollará en medio de la sociedad “bien pensante” de su época exponiendo a los sistemas políticos a un análisis sobre el abuso de poder y el exceso de vigilancia.

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