¿Por qué Trump? | George Lakoff

Donald Trump está ganando las primarias presidenciales a tal ritmo que es probable que llegue a convertirse en el próximo candidato republicano a la presidencia y quizá en presidente. Los demócratas no entienden por qué gana -y además con esa facilidad-; e incluso hay muchos republicanos que piensan que no les representa e intentan pararle, pero no saben cómo hacerlo. Hay varias teorías al respecto: o gana porque la gente está enfadada y él habla directamente a su ira o es que los estadounidenses no piensan mucho en el Congreso y quieren a alguien que no sea político. Puede que ambas teorías sean ciertas, pero… ¿por qué? ¿Por qué Trump?

Mucha gente está desconcertada. Trump parece haber salido de la nada. Su postura con respecto a ciertas cuestiones no se ajusta a la norma.

Está de acuerdo con la planificación familiar, la seguridad social y el programa Medicare, y los republicanos no suelen estarlo. Los republicanos odian la expropiación (la toma de la propiedad privada por el Gobierno) y adoran el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, pero Trump no coincide con ellos en ninguna de las dos cuestiones. No es religioso y desprecia las prácticas religiosas, aunque los evangélicos (los blancos, claro) le adoran. Cree que los seguros sanitarios y las farmacéuticas, igual que los militares, están obteniendo demasiados beneficios y quiere cambiarlo. Insulta a los principales grupos de votantes, como a los latinos, mientras que la mayoría de los republicanos intentan cortejarlos. Quiere deportar a 11 millones de inmigrantes sin papeles y piensa que puede hacerlo. Quiere prohibir que los musulmanes entren en el país. ¿Qué está pasando?

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El matemático que pasó su vida buscando el 0

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Este número es “el mayor logro intelectual de la mente humana”, argumenta Aczel en su libro En busca del cero: la odisea de un matemático para revelar el origen de los números (Biblioteca Buridán), que se acaba de publicar en español. Por un lado hace posible la aritmética compleja, el manejo de números muy grandes basados en una sencilla estructura cíclica donde el cero funciona como un marcador de posición. No es casualidad, escribe, que los humanos tengamos diez dedos y usemos un sistema de numeración decimal para contar. “Dado que también tenemos diez dedos en los pies, las sociedades primitivas también los utilizaron para contar más allá de 10”, escribe Aczel. Aún quedan vestigios de ello, como la forma en que cuentan los franceses (80 se pronuncia quatre-vingt, cuatro veces veinte). El libro de Aczel, resultado de una investigación de años, es la búsqueda de respuesta a una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién inventó el cero?

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La llama de José Ortega y Gasset arde en Argentina 100 años después

1473446181_930932_1473448234_noticia_normal_recorte1“No podría escribir mi biografía sin dedicar un capítulo a Argentina”, dijo alguna vez José Ortega y Gasset, una frase con la que el filósofo español homenajeó una relación que se inició con una visita a Buenos Aires en 1916 y perduró hasta su muerte, en 1955. En el primer centenario de aquel primer viaje, forja del “Ortega el americano” al que se refirió en 1956 Leopoldo Zea (“por lo que su obra representó para nuestra América, la hispánica”), la Fundación Ortega y Gasset de Argentina (FOGA) organizó el Congreso Internacional Ortega y América, un encuentro de tres días dedicados al peregrinar transatlántico del autor de La Rebelión de las Masas. La visita de Ortega nació fruto de una necesidad española. Cumplido el primer centenario de la independencia, una Argentina cuyo faro era la cultura francesa veía a España como una metrópoli atrasada, heredera de la inquisición y sin pensamiento propio. Fue así que la Institución Cultural Española en Buenos Aires decidió luchar contra esa imagen exponiendo a personajes peninsulares “relevantes”, que revirtieran la abierta hispanofobia rioplatense. Ortega cumplió con las expectativas y su influencia en Argentina aún perdura, sin que el filósofo nunca ocultase el gran impacto que tuvo en su pensamiento el contacto con la vitalidad “de los pueblos jóvenes”, como llamó a los americanos.

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Yo acuso… a algunos intelectuales

1473085101_816719_1473085170_noticia_normal_recorte1Desde que el Yo acuso de Émile Zola lograra que el diario L’Aurore vendiera 300.000 ejemplares en un solo día, intelectuales y prensa se han utilizado mutuamente para influir sobre el poder político. Como ha señalado Santos Juliá en su trabajo sobre los intelectuales y prensa en el siglo XX, los pensadores de formación anglosajona, menos dados a la grandilocuencia que los continentales, siempre contemplaron con ironía el contraste entre la amplísima ascendencia sobre la opinión pública de los “hombres políticos de letras”, como los llamara Burke, y su ausencia de conocimiento sobre los asuntos de los que opinaban, pues ni eran estudiosos de la política ni, como se dice hoy, “practicantes”.

De esa incomodidad ante el ubicuo papel público de los escritores, que en España se remonta a Unamuno y Ortega, arranca La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política (Catarata, 2016), el último libro de Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencia Política y Sociología en la UC3M. No le falta razón al señalar hasta qué punto en las sociedades actuales, democráticas, conectadas e inundadas de información plural, el papel de los hombres de letras como prescriptores morales ha perdido gran parte de su sentido original. Si, como afirma Philip Tetlock en El juicio político de los expertos (Capitán Swing, 2016), ni siquiera los especialistas en un área concreta son capaces de acertar en sus análisis, es alta la probabilidad de que un escritor sin una formación específica pueda escribir sobre la desigualdad, el yihadismo o la democracia interna de los partidos sin caer en errores o imprecisiones.

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Vargas Llosa: «Un escritor no puede dejar de participar en la sociedad»

El escritor peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura en 2010, ha reivindicado hoy el compromiso de los escritores, fundamentalmente de los más jóvenes, con la sociedad. «Un escritor no puede dejar de participar de alguna manera en la vida cívica», ha sentenciado el literato, que ha contrastado la actitud de compañeros suyos con la de jóvenes autores. Así lo ha dicho en Santander, en una rueda de prensa que ha ofrecido en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, antes de ser investido doctor Honoris Causa por esta institución académica.

Según ha declarado, él pertenece a una generación que vinculaba la literatura a la responsabilidad cívica, de ahí que fuera «raro», e incluso «insólito», que un autor diera «la espalda» a la vida pública. «Yo nací con esa idea del escritor», ha subrayado, para recordar que cuando él comenzó a escribir «había dictaduras a diestra y siniestra», por lo que era «obligatorio» involucrarse desde el oficio para tratar de tener un país libre y sin censura.

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