Columna de Óscar Contardo: La confianza en el despeñadero

El último mes del gobierno de Michelle Bachelet quedará marcado no sólo por el fracaso en su política sobre la crisis de La Araucanía, sino también por una gestión que nos exigió confiar en el criterio policial, recortó nuestros derechos civiles otorgándole más poder a una institución que acabó haciéndolo todo para desprestigiarse a sí misma.

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Paternalismo y participación

El paternalismo es una enfermedad grave. Afecta por igual y sin ideología. Es una actitud con convicciones y conductas asociadas, que consiste en suponer que se sabe lo que es mejor para el resto (los hijos, la pareja, los pares, los subordinados, los amigos, etc.). Así, se piensa y se decide por el resto, sin admitir opiniones ni establecer consultas. «No te preocupes, yo sé lo que te conviene. Ni siquiera te tomes el tiempo de resolver tu problema, yo… lo tengo resuelto».
El objeto (o víctima) del paternalismo es también, a veces y con la mayor frecuencia, paternalista. Le agrada que otros piensen y decidan por él. Le gusta que le digan lo que mejor o peor, lo que preferible o descartable, lo que es malo y los que es bueno. Su pereza le impide resolver todo esto por sí mismo, y así tiene más tiempo para perder.
El paternalista que toma la iniciativa de decidir por el resto no es una «mala persona», claro que no: le interesa que los demás sean felices, que gocen de los beneficios de las decisiones que él toma: porque el resto no puede ver lo que mejor le conviene: «es necesario hacérselo ver».
Los mejores paternalistas, aquellos a los que mejor les resultan las cosas, son quienes posan de no serlo. Aparecen frente al resto como adalides de la la participación, siempre pendientes de los que la gente piensa, porque lo que lo que el paternalista piensa es también lo que «la gente» opina y cree, solo que todavía no se percata de que es eso lo que piensa. Entonces, este paternalista es «popular», porque «representa» los intereses y las opiniones de la «gente».
En este escenario, el paternalista puede meter una carrera de fórmula E en el parque forestal; cortar los árboles de la plaza para instalar allí precisamente un jardín infantil; cortar una avenida y afectar el transito de algunos insensatos para un festival de música. No importa, él sabe lo que mejor conviene a la gente (la gente de «mi» comuna, «la que me eligió a mí»), y aunque algunos estén ciegos y no puedan ver lo que les conviene, no me importa y no me detengo porque lo que yo pienso es también lo que piensa «mi» gente, y que se caguen.
Tengo claro que la democracia no es sinónimo de participación (vaya frase). Tengo claro que no pasa de ser un método por el cual la población habilitada elige periódicamente representantes que deciden por ella. No tengo aspiraciones de consulta permanente ni de decisiones compartidas, pero sinceremos el asunto: no queramos aparecer como representantes del «sentir» popular si solo pretendemos imponer lo que nos parece debe pensar y hacer «la gente».