Derechos y deberes

Viernes 27 de diciembre de 2019

«Estamos más atentos a los deberes que tiene que cumplir el prójimo que a aquellos que corresponden a nosotros… Humanum est».

Agustín Squella

No se trata de que al afortunado tiempo de los derechos opongamos uno de los deberes, puesto que vivir en sociedad supone tener tanto unos como otros, aunque, claro, todos estamos más preocupados de nuestros derechos que de nuestros deberes. Además, en materia de derechos damos prioridad a los nuestros sobre los de los demás, mientras que tratándose de deberes estamos más atentos a los que tiene que cumplir el prójimo que a aquellos que corresponden a nosotros. Todos nos interesamos cuando alguien nos habla de nuestros derechos y recelamos de aquel que toma la palabra para mencionar nuestros deberes. Al primero lo mantenemos a nuestro lado y le pedimos que no se aleje; al segundo, lo dejamos plantado, hablando solo, y nos apartamos de él. Humanum est.

Siempre me ha llamado la atención que la Declaración Americana de los Derechos del Hombre, que precedió en algunos meses a la hecha por la ONU en 1948, se llame Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre. Fue suscrita en Bogotá, y el hecho de haberse anticipado a la que adoptaría poco después la ONU facilitó la influencia que en esta última tuvo el trabajo previo efectuado en nuestro continente. Derechos y deberes, entonces, juntos en un mismo texto, complementarios y no en pugna, si bien el capítulo de los primeros es más extenso que el de los segundos. Con todo, nos vendría bien poner atención a los deberes ahora que estamos en marcha hacia una nueva Constitución, una observación optimista, sin duda, porque cada día me encuentro con más compatriotas asustados por el hecho de que, ya iniciado el siglo XXI, podamos tener por primera vez en nuestra historia una Constitución que sea democrática tanto en su origen como en su contenido. El peso de la noche está siempre presente, puesto que temer a una nueva Constitución democrática no es más que sentir temor por la propia democracia.

¿Qué deberes estableció la Declaración Americana? El “de convivir con los demás, de manera que todos puedan formar y desenvolver integralmente su personalidad”. No está mal, ¿no? “Convivir con los demás”, lo cual supone renunciar a la fuerza y a la intolerancia para imponer nuestras convicciones. Deber de “asistir, alimentar, educar y amparar a los hijos menores de edad”, y deber de estos últimos de “honrar a sus padres y asistirlos, alimentarlos y ampararlos cuando estos lo necesiten”. ¿Y cómo andamos hoy a propósito de ese doble deber? “Deber de cooperar con el Estado y con la comunidad en la asistencia y seguridad sociales de acuerdo con las posibilidades y con las circunstancias”. ¿Mal en esto también en tiempos de un aplastante egoísmo posesivo que sonríe con ironía cada vez que se pronuncia la palabra “solidaridad”?

Sigo: “deber de pagar los impuestos establecidos por la ley para el sostenimiento de los servicios públicos”. ¿Pero qué es eso?, protestarán los que en nuestro país evaden o eluden el pago de impuestos, pero que rasgan vestiduras cuando un grupo de niños hace lo mismo con el pasaje del Metro, como protestarán también los especialistas en planificación tributaria, ese eufemismo académico bajo cuyo nombre se ofrecen hasta magísteres para que grandes ingresos y patrimonios paguen proporcionalmente menos tributos que los trabajadores, a quienes se los descuentan directamente de sus remuneraciones y sin que tengan ninguna posibilidad de “planificar” el pago constante del muy regresivo IVA.

Y dejo para el final: “deber de votar en las elecciones populares del país el que sea nacional”. Un derecho, desde luego, pero que es también un deber, como pasa igualmente con la instrucción primaria obligatoria, otro derecho/deber que consagra la Declaración.

De manera que cuando los adultos vamos por allí recordándoles sus deberes a los jóvenes, tendríamos que preguntarnos si estamos cumpliendo con el nuestro de pagar los impuestos que corresponden y si estamos dispuestos a regresar al voto obligatorio, puesto que el mensaje que los legisladores dieron a los jóvenes con la inscripción automática y el voto voluntario fue tan poco ciudadano como este: “No se molesten en inscribirse en los registros electorales y tampoco se molesten en ir a votar el día de las elecciones”.

Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

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