La vida eterna, un invento de los faraones

¿La muerte es el final? Y si no lo es, ¿qué nos depara? La humanidad lleva toda la humanidad, y valga la redundancia, intentando resolver esta cuestión, ya sea mediante concepciones religiosas o filosóficas. Incluso la ciencia, desde que es ciencia, no ha parado de buscar sus propias respuestas. Los estudios al respecto no cesan. Uno de los últimos, hace apenas unos meses, de la Universidad de Southampton, llegó a la conclusión de que la vida seguía después de la muerte. Para ello, los investigadores analizaron 2.000 casos de personas que habían sufrido un paro cardíaco. El 40% de los que lograron sobrevivir relataron que estuvieron conscientes durante la ‘muerte clínica’ y que se sintieron fuera del cuerpo, viendo cómo los doctores intentaban reanimarlos. Algunos de los supervivientes al infarto también coincidieron en describir una luz brillante, como la del Sol, el dios Re de los antiguos egipcios, los primeros que creyeron en la vida eterna, y sin necesidad de informes médicos.

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Quizás resulte más que evidente que la gran cultura de la momificación creyera en el más allá, pero hizo más que esto: fue la primera civilización de la historia, y durante mucho tiempo la única, en ganarse el cielo. Después de ellos, en nuestro entorno occidental, ya vendrían los griegos y romanos, en menor medida, y principalmente el cristianismo (con sorprendentes analogías con el antiguo Egipto). Pero ninguna religión posterior concibió una eternidad tan detallada y perfecta como la de los súbditos de Horus.

vía La vida eterna, un invento de los faraones.

Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

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