Manías fundacionales

Bello

Jorge Edwards
La Segunda, viernes 16 de octubre de 2015.

Una debilidad clásica de América Latina es la de comenzar de nuevo, a cada rato. Bs algo que podría bautizarse como manía fundacional. No es exclusivamente latinoamericana. También suele darse en Europa, en Asia, en el Cercano Oriente, pero entre nosotros se repite con verdadera majadería. Ahora, en Chile, queremos comenzar de nuevo cambiando la Constitución política. Tiene un lado lógico querer hacerlo después de largos períodos, y sobre todo cuando la Constitución actual, la que nos rige, plantea serias dudas sobre sus orígenes, sobre su legitimidad. Pero no tener cuidado, no darse tiempo, actuar con prisa, con impaciencia, con motivaciones emocionales, despreciando la tradición, sin visión histórica son errores graves y reiterados. Errores que reiteramos desde hace dos siglos.

Creo que las últimas declaraciones en esta materia de la Presidenta Bachelet son prudentes. Pasamos de una situación vo-luntarista y simplista a una actitud menos apresurada, de más respeto por la historia. Han existido revoluciones radicales en los países más serios de este mundo: en Inglaterra, en Francia, en Rusia, en la antigua Grecia y el antiguo Egipto. Ningún país estable, consecuente, sin embargo, cree necesario hacer revoluciones a cada rato. Estados Unidos, por ejemplo, no ha cambiado nunca de Constitución. Los franceses cambian y a la vez mantienen. Los ingleses dudan de los cambios. A mí no me molesta que Chile quiera cambiar, pero me molesta que no dude, que sienta seguridades injustificadas, que salga bailando detrás de todas las ilusiones, de todas las fantasías, de las utopías de moda. Tuvimos una seguidilla de constituciones en los años de la llamada anarquía, antes del ministro Portales, del Presidente Prieto y del general Bulnes, de Andrés Bello. Nuestra fuerza, nuestro prestigio en el pasado, consistió precisamente en legislar menos y con visión más larga. La Constitución de 1833 consagró un sistema republicano sólido, con una Presidencia de la República que tenía muchos aspectos de monarquía, pero que funcionaba, que daba garantías, y que permitió un progreso social, político, cultural, paulatino, sin retrocesos, que se consolidaba de año en año. Es que la Constitución de 1980, nos dicen, se promulgó durante un régimen
de fuerza, en un plebiscito sin garantías. De acuerdo. Voté en ese plebiscito en contra del proyecto constitucional. Después hice uso del recurso de amparo contemplado en el mismo proyecto —buen recurso, innovación legislativa interesante— para combatir la censura de uno de mis libros. No obtuve resultados inmediatos, pero el proceso abrió caminos, creó una atmósfera diferente en temas de libertad de expresión. Ahora observo que Salman Rushdie declara en Francfort, en la Feria del Libro, que la libertad de expresión es la primera de las libertades, la condición de todas las otras. Es algo que se ha dicho de diferentes maneras, en las más variadas épocas y circunstancias, y que tenemos que mantener a toda costa. Es la libertad esencial, y está anclada en el lenguaje, en la escritura, en el oficio y el ejercicio nuestro.

Ahora existen en España sectores que hablan de la constitución de 1978 como si fuera una antigualla, una manera maquillada de perpetuar el franquismo. A mí me parece un perfecto y absoluto disparate. Estaba aquí en esos años y creo que el proceso de discusión, de polémica abierta, de reflexión con mirada de futuro fue ejemplar, original, único. Era una transición original y el inicio de una democracia europea nueva. Por desgracia, los hispanos de todas las latitudes, los de Castilla-La Mancha y Andalucía, los de Guanajuato y los de Punta Arenas, somos peligrosos aficionados al descarte radical, a la cancelación definitiva. Cuando asumió Michelle Bachelet, en el Chile de estos días, un senador que tenía pocas noticias, despistado, para decir lo menos, declaró que el nuevo gobierno actuaría como una «retroexcavadora». Para demoler el pasado, el inicuo y despreciable pasado. Insisto en que son actitudes muy nuestras, pero mantengo la necesidad de la razón, de la reflexión. La historia, la tradición literaria, el ensayo, la gente de pensamiento revelan que somos capaces de pensar bien. El problema es que el buen pensamiento, el rigor intelectual, la capacidad de creación salen de minorías pensantes, pero no se imponen con facilidad al resto de la gente. Tenemos que ser más amables, más receptivos con respecto a las personas que manejan ideas, y creo que en general no lo somos. Hay una soma, una burla, y un escarnio. Mariano losé de Larra, que era uno de los hombres que pensaban mejor en su tiempo, y con humor, con una especie de modestia, con sentido de la medida, no encontró más salida que el suicidio. Y Miguel de Unamumo, con su rabia habitual, dijo que inventaran ellos, y me parece que se equivocó al decirlo. ¿Por qué ellos? ¿Por qué no nosotros?

Nosotros tuvimos a una de las mentes mejores de todo el siglo XIX. Andrés Bello nació en Caracas, pero el gobierno chileno de la época, por puro instinto, por una idea elemental de respeto, tuvo la buena idea de llamarlo a Chile, de darle una posición honrosa, de otorgarle la nacionalidad por gracia. Ahora estamos llenos, aquí y allá, de fundadores armados de poderosas retroexcavadoras, pero que no se destacan por su pensamiento. Grandes voluntades, gestos perentorios, melenas frondosas e ideas débiles. No es para estar demasiado optimista. Pero hay que esperar, y ver pasar. Como decía uno, la historia es lenta. El problema es que el tiempo no nos sobra.

Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

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