Neorrabioso de Dios

127036_540x707Hace unos meses, conversando con Arturo Fontaine, autor de la formidable La vida doble, paramos en la figura del cura del Opus Ibáñez Langlois, al que Bolaño utilizó como protagonista de Nocturno de Chile. Fontaine me describió a un hombre pulcrísimo, que daba algo así como grima -la mano blanda al estrechar la tuya, las uñas de manicura perfecta, brillo de espejos en los zapatos, agua de colonia abundante, la mirada implacable- y cuyo poder en la literatura chilena -ejerciendo la crítica y sucediendo al famoso Alone que en la novela de Bolaño se llama Farewell- había sido considerable. La violencia sin matices de algunos de sus poemas dogmáticos y la inteligencia con la que penetraba en obras que, por decirlo así, no comulgaban con su estricto credo, dibujaban una personalidad compleja, irritante y muy personal, de una rara modernidad -porque uno de los más evidentes signos de la modernidad es precisamente la crítica de la modernidad, característica esencial de la obra poética y teórica de Ibáñez Langlois. No hay que olvidar que Langlois, además de haberse hecho especialista en marxismo para combatir el marxismo y dar clases de marxismo a los oficiales del ejército de Pinochet (al propio Pinochet en la novela de Bolaño), fue de los primeros que destacó la importancia genuina de un poeta como Nicanor Parra -durante años, la edición en que los españoles leyeron a Parra llevaba una amplia y minuciosa introducción de Langlois.

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Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

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