Roberto Merino, escritor: “Las Condes parece un país asiático musulmán” (selección)

—Se supone que los viejos se van rigidizando, cerrándose en sus prejuicios.

—Lo que pasa es que uno se va haciendo viejo y la comedia humana la has visto tantas veces que uno se va haciendo escéptico respecto a las buenas intenciones, a los que rasgan vestiduras, a las promesas de los políticos.

—¿Ese escepticismo te otorga cierta libertad?
—Yo creo que sí porque en mi caso no es amargo. Yo todavía tengo energía para vincularme con todo tipo de personas y a la gente joven le tengo buena onda de por sí, pero también veo que son soberbios, enfáticos, radicales, y cacho que todo se les irá desbaratando con el tiempo. ¿Por qué quieren juzgar? No sé, a veces son muy lateros. Esta nueva generación de los fiscalizadores es extraña.

—Los jóvenes adoran la transparencia.

—Todos se volcaron en masa a encontrar culpables. Yo siempre defendí a los jóvenes antes que a los viejos. Hay una cosa en la narratividad de los viejos muy desagradable que consiste en valorar su propia experiencia en detrimento de las experiencias ajenas. Entonces, siempre opera el tópico: “la música que le gusta a los jóvenes no se compara con nuestra época”. Es muy desagradable y viene de la inseguridad humana respecto al valor de las cosas que les tocó vivir. Algunos creen que los jóvenes están pasando por un trance muy grave porque usan computador y celulares y que algo auténtico se perdió. ¿De adónde sacaron esa huevada?

—Escribiste que antes los jóvenes pedían libertad y ahora piden fiscalización.

—A mí me tocó la lucha generacional en que el padre era muy restrictivo y te ponía los límites más allá de la cuenta. Experimentabas esa realidad como una cosa adversa castradora. Y por lo tanto, los discursos eran libertarios, individuales, tenían que ver con el crecimiento, con salir de la casa y cómo convertirse en una persona independiente. Y los pendejos posteriores son ideologizados, cosa que me recuerda los años 60, con lo cual supongo que no salió nada bueno. El ser humano tiende a ser dogmático y tiende a estimularse colectivamente en función de un enemigo, un culpable. Ahora acusan por Facebook, inventan cosas, y la reacción es echar a un huevón a los leones. Antes que se reflexione sobre la acusación, basta la mentira para que esa persona sea condenada socialmente. Como decía Raúl Ruiz: “En Chile, primero se opina y después se piensa”.

—Un amigo me decía que los días feriados le generaban un anhelo por ver colas en los supermercados y los bancos. ¿Qué te pasa con los feriados?

—Son espantosos. Es horrible porque se supone que los feriados son para disfrutar una huevada que llaman “en familia”. ¿Por qué te obligan? Yo sé que mis hijos no quieren disfrutar nada conmigo en esos días. Ellos quieren irse a la playa o ver a sus amigos. Ésa es una suposición muy idiota respecto a los tipos de sociabilidad posibles. Y por eso está todo cerrado, obligando a que la gente no pueda trabajar porque le sacan multas. Una cosa es impedir la explotación, que te obliguen a trabajar un día feriado, pero si uno quiere, ¿por qué no podrías hacerlo? Hay gente que necesita la plata. Ahora, más encima, Las Condes parece un país asiático musulmán. Están discutiendo si los menores de 14 años pueden andar solos en la calle después de las 10 de la noche. Ya no se pueden decir piropos, no se puede fumar, no se puede ninguna huevada. A mí me asombra la vocación restrictiva que se canaliza con tanto entusiasmo en este país.

Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *