Un bailarín literario entre el horror

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Salman Rushdie.-

En 1982, estando en Hamburgo con motivo de la publicación de la traducción alemana de Hijos de la Medianoche, mis editores me preguntaron si me gustaría conocer a Günter Grass. Bueno, evidentemente quería conocerle, de forma que me llevaron en coche al pueblo de Wewelsfleth, a las afueras de Hamburgo, donde vivía Grass por aquel entonces. Tenía dos casas en el pueblo. Escribía y vivía en una de ellas y usaba la otra como estudio de arte. Después de cierta esgrima inicial —se esperaba de mí, por ser el escritor más joven, que le hiciera una serie de genuflexiones, y el caso es que yo estaba feliz de hacerlas— él decidió de repente que yo era aceptable, me condujo a un aparador en el que guardaba su colección de vasos antiguos, y me pidió que escogiera uno. Luego sacó una botella de schnapps y para cuando llegamos al fondo de la botella nos habíamos hecho amigos. En algún momento posterior fuimos tambaleándonos hacia el estudio de arte, donde me sentí hechizado por los objetos que allí vi, todos ellos reconocibles por las novelas: anguilas de bronce, lenguados de terracota, grabados a punta seca de un niño aporreando un tambor de hojalata. Le envidiaba por su don para el arte casi más de lo que le admiraba por su genio literario. ¡Qué maravilla, al final de un día dedicado a la escritura, bajar la calle andando y convertirte en otro tipo de artista! También diseñaba las portadas de sus propios libros: perros, ratas, sapos, que se trasladaban desde su pluma hasta sus cubiertas.

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Ler también: La conciencia del Tercer Reich en ‘El tambor de hojalata’

 

Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

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