¿Arde París?

Lo que ocurre es que a los fanáticos, a esas personas que creen haber abrazado la verdad final de los asuntos humanos, a quienes les brillan en los ojos la fe, a esas personas que han logrado espantar todas las dudas, no hay nada que resulte más irritante y más hiriente, que la tranquila ascética de la razón y la generosidad de la tolerancia. Un Estado como el francés, que practica la neutralidad en sus espacios públicos como única forma de que la abstracción de la ley permita alcanzar la igualdad a los ciudadanos (y que por eso impide que se usen en los espacios públicos, como la escuela, los signos identitarios de la propia cultura o religión) es un enemigo mortal de quienes piensan que la neutralidad y la tolerancia no son una virtud, sino una forma encubierta de etnocentrismo europeo o de desprecio. Para esos creyentes no basta con que se les deje practicar su fe y vivir de acuerdo a sus creencias (algo que cualquier república democrática, como la francesa, permite): ellos aspiran a que los demás vivan o piensen como ellos creen se debe vivir o pensar. No actúan así porque estén oprimidos: lo hacen porque quieren oprimir a fin de imponer la única verdad en la que creen.

Origen: El Mercurio.com – Blogs : ¿Arde París?

Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

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