El placer de ser enigma

14233371437972Elena Ivanovna Diakonova era una niña flacucha, de pelo muy negro, ojos muy juntos y una cabeza poblada de ideas extraordinarias que le otorgaban ese punto abisal que tienen las rarezas verdaderas. Nació en 1894, en Kazán (Imperio Ruso), una madrugada en que soplaba un aire demasiado loco como para recibir a nadie en casa. Gala creció en un bautismo de versos y compositores, hija de dos intelectuales que decidieron hacer de la muchacha una alforja de virtudes. Iba al mismo colegio que la poeta Marina Tsvetáyeva. Quería escribir, pero aún más deseaba ser escritura. Gala, entonces, llevaba el pelo a lo chico, con una ráfaga vital entre malvada y seductora. Gastaba estructura general de gata que resaltaba sus modales distinguidos. Pero más allá de aquel dulce oficio de ser una damita sofisticada, crecía el incalculable afán redentorista de no fiarse sólo de la realidad. Le atraía lo sobrenatural, el arte adivinatorio del Tarot y manifestaba una suerte de cualidades paranormales que ensanchaban aún más su extremada superstición. Todo en su hábitat era extraño. Todo apuntaba desde niña hacia una vocación mediúmnica desde la que fue construyendo su biografía devastando cualquier huella que pudiera revelar sus entrañas emocionales. Gala hizo del mundo su ouija y de sí misma el único espíritu a invocar.

vía El placer de ser enigma | cultura | EL MUNDO.

Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

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