Le Corbusier, la espuma de sus días

Cualquiera puede encontrar las fotografías de Pablo Picasso y Le Corbusier, juntos, en Marsella, en septiembre de 1952 y reír un poco. Dos casi ancianos (tenían 70 y 65 años respectivamente) caminan entre muros de hormigón y suelos polvorientos, medio descamisados, con los botones abiertos hasta el ombligo y pantalones abombados. ¿A dónde irían con esa pinta? Pero, cuidado, un respeto, porque aquellos muros en obras pertenecían a la Unidad de Habitación de Marsella y por eso el calor del sur y los pechos al aire.

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Aquel encuentro significaba el final de una enemistad legendaria. Le Corbusier y Picasso se habían conocido hace 30 años, habían sentido un primer reflejo de simpatía, pero después se dedicaron un buen puñado de desdenes. Sus estudios (Le Corbusier en la calle Sevres; Picasso en la Rue des Grands Agustines) estaban a 15 minutos de paseo y sus figuras eran paralelas: los dos tenían el mismo carácter exhibicionista y un poco narciso, los dos eran coléricos y mujeriegos, los dos se dejaron fotografiar desnudos, los dos tenían el don de la gracia y el encanto y el talento para las relaciones públicas. Hasta sus dibujos se parecían: uno hizo la ‘Mano abierta para dar y recibir’ y el otro, la ‘Paloma de la paz’. Vistos ahora, con la distancia del tiempo, ¿cuál es la diferencia? Tan semejantes eran Picasso y Le Corbusier que se detestaron durante años y años y años. Así hasta que alguna imagen de la Unidad de Habitación llegó a los ojos del pintor que, asombrado, sintió el deseo urgente de visitar las obras. Loa agravios quedaron perdonados y el ‘minotauro’ volvió a ser amigo del ‘curvador’.

vía Le Corbusier, la espuma de sus días |Cultura| EL MUNDO.

Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

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