Lecturas de lo nunca visto

1424284436_188347_1424284654_noticia_normalEn un momento como el actual en que el arte es parasitariamente dado a cumplir con los deseos colectivos y las exigencias de la fama, la obra de muchos artistas que trabajaron en la Alemania de Hitler, fueran pintores, poetas, arquitectos o músicos, se ve como un símbolo de resistencia. Sabemos más de la verdad “psicológica” de aquellos años que lo que realmente ocurrió. Los historiadores han manejado documentos con guantes blancos, conscientes de que el monstruo del periodo nazi tiene rabo de lagartija. Conocemos los testimonios de aquellos que tuvieron que huir, pero muy poco de los que se quedaron, el porqué lo hicieron y bajo qué condiciones. ¿Cobardía o convicción? Jonathan Petropoulos ensaya la idea de que no todos los artistas modernos eran antinazis, ni todos los nazis eran antimodernos. ¿Es la noción de “cultura nazi” un oxímoron? ¿Hubo una buena y una mala cultura?

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La nómina de hombres y mujeres que buscaron acomodo y aceptación no se reduce al arte “genealógicamente limpio” de Richard Strauss, Leni Riefenstahl o Arno Breker, por citar los más conocidos; la “lista Petropoulos” incluye al degenerado Emil Nolde —reconocido filonazi y con carné del partido—; al fundador de la Bauhaus, Walter Gropius; al músico Paul Hindemith o al escultor Ernst Barlach. La lista es larga, “todos querían desesperadamente prosperar en unos años culturalmente volátiles y de depresión económica, creían que las metas del fascismo y de la modernidad eran compatibles. Sus egos les cegaron para ver que estaban al servicio de monstruos y criminales”, explica Petropoulos en el libro Artists under Hitler (Yale University Press).

vía Lecturas de lo nunca visto | Babelia | EL PAÍS.

Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

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