Yo acuso… a algunos intelectuales

1473085101_816719_1473085170_noticia_normal_recorte1Desde que el Yo acuso de Émile Zola lograra que el diario L’Aurore vendiera 300.000 ejemplares en un solo día, intelectuales y prensa se han utilizado mutuamente para influir sobre el poder político. Como ha señalado Santos Juliá en su trabajo sobre los intelectuales y prensa en el siglo XX, los pensadores de formación anglosajona, menos dados a la grandilocuencia que los continentales, siempre contemplaron con ironía el contraste entre la amplísima ascendencia sobre la opinión pública de los “hombres políticos de letras”, como los llamara Burke, y su ausencia de conocimiento sobre los asuntos de los que opinaban, pues ni eran estudiosos de la política ni, como se dice hoy, “practicantes”.

De esa incomodidad ante el ubicuo papel público de los escritores, que en España se remonta a Unamuno y Ortega, arranca La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política (Catarata, 2016), el último libro de Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencia Política y Sociología en la UC3M. No le falta razón al señalar hasta qué punto en las sociedades actuales, democráticas, conectadas e inundadas de información plural, el papel de los hombres de letras como prescriptores morales ha perdido gran parte de su sentido original. Si, como afirma Philip Tetlock en El juicio político de los expertos (Capitán Swing, 2016), ni siquiera los especialistas en un área concreta son capaces de acertar en sus análisis, es alta la probabilidad de que un escritor sin una formación específica pueda escribir sobre la desigualdad, el yihadismo o la democracia interna de los partidos sin caer en errores o imprecisiones.

Origen: Yo acuso… a algunos intelectuales | Babelia | EL PAÍS

Alvaro Quezada
Profesor de Estado y Magíster en Filosofía Universidad de Chile Santiago de Chile

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